Curso de Milagros 1 (TEXTO) (31/08/2012)
Lección (209) - El fin de la injusticia
- ¿Qué es, entonces, lo que aún hay que deshacer para que puedas darte cuenta de Su Presencia? Solamente esto: la distinción que todavía haces con respecto a cuando está justificado atacar y cuando es injusto y no se debe permitir. Cuando percibes un ataque como injusto, crees que reaccionar con ira está justificado. Y así, ves lo que es lo mismo como si fuese diferente. La confusión no es parcial. Si se presenta, es total. Y su presencia, en la forma que sea, ocultará la Presencia de Ellos, pues a Ellos o se les conoce claramente o no se les conoce en absoluto. Una percepción confusa obstruye el conocimiento. Y no es cuestión de cuán grande es la confusión o de cuánto interfiere. Su mera presencia impide la de Ellos y los mantiene afuera donde no se les puede conocer.
- ¿Qué puede significar el hecho de que percibes algunas formas de ataque como si fuesen injusticias contra ti? Significa que tiene que haber otras que tú consideras justas. Pues de otro modo, ¿cómo se podrían juzgar algunas como injustas? Por lo tanto, a algunas se les atribuye significado y se perciben como sensatas. Y sólo otras se consideran insensatas. Y esto niega el hecho de que todas carecen de sentido, de que están desprovistas por igual de causa o consecuencias y de que no pueden tener efectos de ninguna clase. Su Presencia se nubla con cualquier velo que se interponga entre Su radiante inocencia y tu conciencia de que dicha inocencia es la tuya propia y de que le pertenece por igual a toda cosa viviente junto contigo. Dios no pone límites. Y lo que tiene límites no puede ser el Cielo. Por lo tanto, tiene que ser el infierno.
- La injusticia y el ataque son el mismo error, y están tan estrechamente vinculados que donde uno se percibe el otro se ve también. Tú no puedes ser tratado injustamente. La creencia de que puedes serlo es sólo otra forma de la idea de que es otro, y no tú, quien te está privando de algo. La proyección de la causa del sacrificio es la raíz de todo lo que percibes como injusto y no como tu justo merecido. Sin embargo, eres tú quien se exige esto a sí mismo, cometiendo así una profunda injusticia contra el Hijo de Dios. Tú eres tu único enemigo, y eres en verdad enemigo del Hijo de Dios porque no reconoces que él es lo que tú eres. ¿Qué podría ser más injusto que privarlo de lo que él es, negarle el derecho a ser él mismo y pedirle que sacrifique el Amor de su Padre y el tuyo por ser algo que no le corresponde?
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